Pasto,

un mosaico cultural que honra la diversidad y el arte de Nariño

Por Natalia Franco Mora

Audiovisual: Cristian Rubio

Retrato dividido de una mujer indígena, en la mitad izquierda en blanco y negro, en la mitad derecha con maquillaje facial colorido y accesorios tradicionales, con el texto 'San Juan de Pasto'.

San Juan de Pasto, capital del departamento de Nariño, es una ciudad que respira tradición, creatividad y diversidad. Reconocida por su ubicación estratégica en el suroccidente colombiano, ha sido históricamente un cruce de caminos y culturas que han nutrido la identidad nacional. Más allá de su belleza natural y de sus paisajes imponentes, Pasto es un punto de encuentro donde confluyen cosmovisiones, expresiones artísticas y prácticas ancestrales que hoy siguen vivas gracias al compromiso de su gente.

La multiculturalidad, el calor humano y la creatividad artesanal hacen de Pasto un lugar único. Quien llega a la ciudad no solo se encuentra con montañas majestuosas, volcanes y lagunas sagradas que marcan el horizonte, sino también con una comunidad hospitalaria que abraza a cada visitante.

Esa energía colectiva se refleja en sus celebraciones, en su gastronomía y en la manera en que sus habitantes, vestidos con chaquetas o ruanas, transforman la cotidianidad en un acto de pertenencia y orgullo.

Un claro ejemplo de esta vitalidad cultural es el Onomástico de Pasto, una celebración que honra la identidad de la ciudad y que, durante siete días, llena calles y plazas de conciertos, festivales tradicionales, concursos y muestras de arte local. Niños desde los cinco años hasta adultos mayores se suman con entusiasmo a este encuentro intergeneracional, demostrando que la cultura no tiene edad y que las tradiciones se renuevan en cada gesto, en cada voz y en cada danza compartida.

Grupo de seis personas sonriendo y haciendo gestos en una reunión al aire libre, con edificios y más personas al fondo.

Durante el Onomástico, alrededor de 150 empresarios locales exhibieron sus propuestas en escenarios abiertos al público. Entre ellos, destacaron mujeres artesanas, muchas de ellas madres cabeza de hogar, quienes con paciencia, talento y amor transforman fibras, semillas, hilos y pigmentos en piezas artesanales cargadas de memoria. Sus saberes, heredados de generación en generación, son hoy una fuente de sustento y de afirmación identitaria.

En cada tejido, cuadro o escultura se reflejan historias que dialogan con el origen andino, con el respeto por la naturaleza y con la resiliencia de un pueblo que ha sabido reinventarse sin perder su esencia.

Mujer con gafas frente a una mesa con varias obras de arte, sosteniendo un cuadro que muestra una casa en un paisaje nocturno. Las obras de arte en la mesa son cuadros coloridos y variados, algunos de paisajes, animales y personajes folklóricos.
Imagen de un salto de página con tres fotos: la primera muestra una figura de un animal de peluche con vestimenta colorida, la segunda muestra a una mujer en uniforme de cocina sosteniendo un pastel, y la tercera muestra a un grupo de personas en disfraces en un paseo en barco con fondo azul.

Caminar por Pasto durante estas festividades es adentrarse en un ambiente donde la música, el color y la alegría se funden con el paisaje urbano y humano. Familias enteras, amigos o viajeros solitarios participan por igual, compartiendo los eventos y la sensación de comunidad. Lo que empieza como una experiencia turística pronto se convierte en un acto de integración, el visitante deja de sentirse extraño y pasa a ser parte de una ciudad que lo acoge como suyo.

La riqueza cultural de Pasto no se limita a la artesanía tradicional, ya que diseñadores locales han llevado la identidad nariñense a las pasarelas al integrar colores vibrantes, símbolos ancestrales y técnicas artesanales en piezas contemporáneas que conectan lo local con lo global. La moda, en este sentido, se convierte en un puente entre generaciones y en un vehículo para visibilizar la diversidad de Nariño en nuevos escenarios

A la par, la gastronomía es otra de las puertas de entrada al universo cultural pastuso. Platos como el cuy asado, los quimbolitos, las empanadas de añejo o la tradicional chicha acompañan las celebraciones y revelan el ingenio culinario de una región que ha sabido combinar ingredientes locales con técnicas heredadas. Degustar estos sabores es recorrer siglos de historia en cada bocado.

Pero más allá de la celebración, la verdadera riqueza de Pasto está en su gente. Los pastusos, con su hospitalidad y sentido de pertenencia, son guardianes de un patrimonio que trasciende lo tangible. Cada festividad, cada feria artesanal y cada muestra artística son la manifestación de un compromiso colectivo con la preservación de la memoria y con el futuro de las nuevas generaciones.

Así, Pasto encarna los principios constitucionales que reconocen y protegen la diversidad cultural de Colombia, el País de la Belleza. Su ejemplo recuerda que la cultura es un derecho y un recurso vital que fortalece la identidad nacional. En un mundo donde la homogeneidad avanza rápidamente, la capital nariñense enseña que celebrar la diferencia es también una forma de resistencia y de esperanza.

Una pareja con ropa colorida y sombreros grandes, la mujer lleva un vestido naranja y el hombre un suéter rojo, en un ambiente interior con fondo de personas y mesas.

Visitar Pasto es abrirse a un universo de significados donde la tradición y la innovación caminan de la mano, donde la artesanía y la moda dialogan, y donde las montañas y la gente crean un tejido inseparable. En su origen andino, en sus fiestas y en su vida cotidiana se revela el mensaje de proteger y valorar la diversidad que es, al mismo tiempo, proteger la riqueza cultural y natural de toda una Nación.

Vista desde arriba de una mesa de juegos con varios juguetes de madera, incluyendo muñecos, tiovivos y otros objetos, mientras una persona con vestimenta camuflaje intenta seleccionar un juguete.