Cuando el patrimonio habla

en búsqueda de la transformación del turismo arqueológico

Hay lugares donde el turismo no empieza cuando llega un visitante. Empieza mucho antes. 

Empieza en la memoria de las comunidades que han habitado esos territorios durante siglos. En las historias que sobreviven entre montañas, caminos ancestrales y sitios sagrados. En las voces que todavía explican el significado espiritual de un río, de una piedra o de un sendero que para otros podría parecer únicamente un atractivo turístico. Colombia está llena de estos lugares.

Desde las esculturas milenarias del Parque Arqueológico de San Agustín hasta los caminos ancestrales de Ciudad Perdida en la Sierra Nevada de Santa Marta; desde Tierradentro hasta los complejos arqueológicos que se extienden por distintas regiones del país, el patrimonio arqueológico colombiano no solo conserva vestigios históricos: conserva identidades vivas. 

Y justamente ahí nace una de las conversaciones más importantes para el futuro del turismo en el país. ¿Cómo permitir que el mundo conozca estos territorios sin poner en riesgo su esencia? ¿Cómo equilibrar el turismo, la conservación y la vida de las comunidades que habitan alrededor del patrimonio? ¿Y cómo construir modelos turísticos donde las decisiones no se tomen únicamente desde las instituciones, sino también desde las voces del territorio? 

En medio de la Sierra Nevada de Santa Marta —uno de los territorios culturales, espirituales y ambientales más importantes del planeta— esa conversación comenzó a tomar forma. 

Comunidades indígenas, actores territoriales, entidades y expertos participaron en espacios de socialización y retroalimentación alrededor de los lineamientos propuestos. Allí, representantes de los pueblos Kogui, Wiwa, Arhuaco y Kankuamo compartieron perspectivas sobre la relación entre turismo, conservación y territorio ancestral. 

Las jornadas no fueron únicamente ejercicios institucionales. Fueron escenarios de escucha. Durante las mesas de trabajo se discutieron temas relacionados con ordenamiento territorial, concertación social, operatividad turística, infraestructura, accesibilidad, conservación y gestión del riesgo, así como interpretación y divulgación cultural. Los participantes analizaron cada uno de los criterios planteados, aportando observaciones, recomendaciones y propuestas desde las realidades de sus territorios.

La metodología también permitió construir consensos desde la participación colectiva. A través de dinámicas como el “Semáforo de la retroalimentación”, los asistentes identificaron qué aspectos consideraban pertinentes, cuáles requerían ajustes y cuáles debían replantearse. 

Pero lo verdaderamente importante no estaba únicamente en los formatos, las cartulinas o los documentos. Estaba en las conversaciones que comenzaron a surgir alrededor de una idea fundamental: el patrimonio no puede protegerse sin las comunidades. 

“Nuestros territorios no son escenarios turísticos. Son espacios de memoria, cultura y vida”, afirmaban los asistentes mientras socializaban sus puntos de vista frente a la importancia de conservar lo que han protegido durante generaciones: su historia, sus tradiciones y su relación espiritual con el territorio. 

La importancia de este proceso trasciende las fronteras de Colombia. En muchos países de América Latina, los territorios arqueológicos enfrentan retos similares: presión turística, pérdida de prácticas culturales, impactos ambientales y poca participación comunitaria en la toma de decisiones. Por eso, la construcción de estos lineamientos podría convertirse en un referente regional. 

Es una de las primeras veces en América Latina que un país impulsa un ejercicio de esta dimensión para construir lineamientos específicos de turismo en parques y áreas arqueológicas mediante procesos participativos con comunidades, entidades y actores territoriales. Y eso cambia la conversación. 

Porque durante años el turismo patrimonial fue entendido únicamente desde la promoción de destinos. Hoy, el desafío es mucho más grande: lograr que el turismo también contribuya a proteger la memoria cultural, fortalecer las identidades locales y conservar los territorios para las futuras generaciones. 

En la Sierra Nevada de Santa Marta, esa reflexión tiene un significado aún más profundo. Para las comunidades indígenas, el territorio no es únicamente una geografía. Es un sistema de conocimiento ancestral conectado con el equilibrio espiritual, ambiental y cultural. Por eso, cualquier conversación sobre turismo necesariamente implica hablar de respeto, límites, conservación y corresponsabilidad. 

Lo que hoy ocurre en Colombia va mucho más allá de organizar el turismo en sitios arqueológicos. Lo que está en construcción es una nueva forma de entender la relación entre patrimonio, comunidades y turismo en América Latina. 

Una visión donde las comunidades dejan de ser observadoras para convertirse en protagonistas de las decisiones sobre sus territorios. Donde conservar no significa aislar el patrimonio del mundo, sino aprender a relacionarse con él de manera responsable. Y donde el turismo deja de medirse únicamente en cifras para empezar a medirse también en memoria, protección cultural y sostenibilidad. 

En ese camino avanza el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, mediante Fontur y en articulación con el ICANH, con la construcción de los Lineamientos para el Ordenamiento y Gestión Integral del Turismo en Parques y Áreas Arqueológicas de Colombia: una apuesta pionera que podría convertir al país en referente regional de cómo construir turismo desde la escucha, el diálogo y el respeto por la historia viva de los territorios.