El porro pelayero, un legado para la Nación
San Pelayo es un pueblo donde la cultura se hereda con la misma naturalidad con la que fluye el río Sinú. El cálido sol que abraza esta tierra encuentra su reflejo en la calidez de su gente, que recibe a cada visitante con una sonrisa sincera, puertas abiertas y un corazón dispuesto a compartir lo mejor de su tradición.
Sus hombres, amables y serviciales; sus mujeres, orgullosas y radiantes con el colorido de sus polleras; y sus familias, guardianas de valores como el respeto, la solidaridad y el amor por la niñez, hacen de este municipio un lugar donde quien llega deja de sentirse visitante para convertirse en parte de su historia.
Aquí, los niños crecen al compás de clarinetes, tambores y bandas de viento, aprendiendo desde pequeños que el porro es mucho más que música: es identidad, amor por la tierra, servicio, memoria y el legado que pasa de generación en generación. Visitar San Pelayo es dejarse abrazar por un pueblo que transforma cada nota en un gesto de bienvenida y cada tradición en una invitación a regresar.
El origen de un legado musical
Hablar del porro es hablar de la historia del Caribe colombiano. Es una manifestación que ha acompañado la vida de generaciones enteras, que reúne música, danza, tradición oral y memoria colectiva. En San Pelayo, Córdoba, considerado la cuna del ‘porro pelayero’, esta expresión cultural sigue viva y hoy avanza hacia uno de sus mayores reconocimientos: ser incluida en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación.
Para el historiador William Fortich Díaz, docente de la Escuela Normal Superior de Montería, historiador y uno de los creadores del Festival Nacional del Porro, el porro es mucho más que un género musical. “Es un resumen de nuestra cultura”, afirma al explicar que en él confluyen los aportes de los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes y la tradición musical europea.
De acuerdo con sus investigaciones, el origen del porro se remonta a la época colonial en Cartagena de Indias, donde coincidieron las gaitas indígenas, los tambores africanos y, posteriormente, los instrumentos de viento llegados de Europa. Sin embargo, aclara que fue en San Pelayo donde nació el porro pelayero, un estilo propio desarrollado a comienzos del siglo XX por destacados maestros de las bandas de viento, caracterizado por la improvisación, la emblemática bozá del clarinete y una forma particular de interpretar esta música.
Ese legado motivó la creación del Festival Nacional del Porro, cuya primera edición se realizó en 1977 y marcó el renacimiento de esta tradición. Desde entonces, el festival se ha convertido en el escenario más importante para exaltar a los músicos, las bandas y las expresiones culturales que giran alrededor del porro.
La ruta para proteger el legado del porro
Hoy ese esfuerzo continúa con un nuevo objetivo. Julio César Pérez Méndez, docente investigador de la Universidad del Sinú e integrante del Consejo Departamental de Patrimonio y de la Mesa Regional de Inclusión del Porro en la Lista Representativa, explicó que actualmente se adelanta la elaboración del documento técnico que será presentado ante el Ministerio de las Culturas como primer paso para postular al porro en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación.
Este proceso reúne a músicos, investigadores, gestores culturales, portadores de la tradición, las gobernaciones de Córdoba y Sucre, universidades y fundaciones que conforman la Mesa Regional del Porro. Una vez concluida esta etapa, se avanzará en la formulación del Plan Especial de Salvaguardia, herramienta que permitirá garantizar la protección, preservación y transmisión de esta manifestación a las futuras generaciones.
Julio Cesar Pérez Méndez destaca que esta iniciativa nació del profundo arraigo que el porro tiene en el Caribe colombiano. “Nos acompaña desde la infancia y está presente en los momentos más importantes de nuestras vidas”. Además, resalta que el reconocimiento también busca dignificar la labor de los músicos tradicionales, quienes, pese a su enorme aporte cultural, muchas veces enfrentan difíciles condiciones de vida. La salvaguardia del porro también significa proteger los oficios y saberes asociados, como la danza, la gastronomía, la confección de vestuarios y otras expresiones propias de esta tradición.
Desde el departamento de Sucre, Martha Patricia Castro, representante del Fondo Mixto de Promoción de la Cultura y las Artes, asegura que la postulación representa a todo el Caribe colombiano. Explica que el porro reúne emociones, prácticas culturales y conocimientos ancestrales transmitidos de generación en generación, por lo que merece un reconocimiento y una protección a nivel nacional.
Las Aguadoras: memoria, tradición y orgullo pelayero
El Desfile de las Aguadoras es uno de los eventos más emblemáticos del Festival Nacional del Porro y un homenaje a las mujeres que, durante generaciones, transportaron el agua en múcuras desde el río Sinú y los pozos hasta sus hogares. Instituido en 1981, durante la cuarta edición del festival, este desfile nació para exaltar el esfuerzo, la fortaleza y el papel fundamental que desempeñaron estas mujeres en la vida cotidiana de San Pelayo. Además de garantizar el abastecimiento de agua para sus familias, las aguadoras mantenían vivas las tradiciones del pueblo: mientras caminaban cantaban porros y marcaban el ritmo con las palmas o pequeñas tablillas de madera, convirtiéndose en guardianas de una herencia cultural que aún perdura.
Evelis Edith Padilla Romero, gestora cultural del municipio, explica que hoy esta tradición cobra vida con un colorido recorrido por las principales calles de San Pelayo, donde cientos de mujeres, ataviadas con los vestuarios típicos, recrean la historia de aquellas aguadoras que dieron origen a este homenaje.
El desfile, junto con el monumento y la danza que llevan su nombre, se ha consolidado como un símbolo de la resiliencia, la identidad y el legado cultural de las mujeres pelayeras, reafirmando que el porro no solo se escucha, sino que también se vive a través de las historias y tradiciones de su gente.
Más que un género musical, el porro representa la historia de un territorio, la creatividad de sus músicos y el legado de generaciones que han encontrado en sus melodías una forma de preservar su memoria. El proceso de postulación como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación busca asegurar que esta tradición continúe sonando con la misma fuerza para las futuras generaciones.
Rubén “Bombomocho” López: una vida dedicada a mantener vivo el porro
Hablar del Festival Nacional del Porro también es hablar del maestro Rudis Rubén López Ortiz “Bombo Mocho”, uno de los protagonistas de su historia. Nacido en la vereda El Zapal, en el municipio de Cereté, aunque hoy residente en San Pelayo, hizo parte de “La Banda 19 de Marzo de Laguneta”, agrupación que obtuvo el primer lugar en la edición inaugural del Festival Nacional del Porro, realizada en 1977.
Aquel reconocimiento lo convirtió en testigo y protagonista del nacimiento de un evento que, casi cinco décadas después, continúa siendo el escenario más importante para exaltar el porro pelayero y las bandas tradicionales del Caribe colombiano. Para el maestro, haber participado en ese momento histórico es un motivo de orgullo y una responsabilidad con las nuevas generaciones, a quienes invita a valorar y preservar este legado.
El maestro Rudis "Bombo Mocho” recuerda que su amor por la música nació en la infancia, cuando creció en una zona rural donde las dificultades eran muchas: no había energía eléctrica, las vías de acceso eran escasas y la radio era prácticamente el único medio para escuchar las bandas de viento. Soñaba con tocar un instrumento de percusión y pasaba horas marcando los ritmos del porro con los dedos sobre cualquier superficie, imaginando que algún día haría parte de una banda.
Un accidente en su niñez dificultó ese camino, perdió sus dedos meñique y anular de la mano izquierda, pero no la pasión por la música.
Hoy celebra que los niños y jóvenes cuenten con escuelas de formación musical y mayores oportunidades para aprender, pero asegura que el verdadero talento va más allá de la academia.
“La música está en el ADN; es un don que Dios pone en cada persona”, afirma convencido. Por eso, invita a propios y visitantes a recorrer San Pelayo, disfrutar de sus bandas, de su gente y de un festival que, más que una celebración, representa el alma cultural de un pueblo que ha encontrado en el porro la mejor forma de contar su historia.