Antes de ver el pueblo, se escucha el agua. Alejandría, La Perla del Nare, nace y crece entre corrientes: tres ríos y cerca de 39 quebradas atraviesan su territorio en el Oriente antioqueño, tallando paisajes que van del verde profundo del bosque al azul de las cascadas. El Salto de la Sabina y el Velo de Novia, sobre el río Nare, son apenas la carta de presentación de un municipio que aprendió a construir su identidad a la orilla del agua. 

Ubicado a 90 kilómetros de Medellín sobre la Ruta Verde de Antioquia, Alejandría es hoy uno de los destinos emergentes que más tiene para ofrecer al viajero que busca naturaleza, cultura y la calidez de un pueblo que funciona como una sola familia. "Crecer en Alejandría es una bendición de Dios, primero que todo", dice Nubia Vallejo, operadora turística y una de las propietarias de la Casa Hotel Doña Martha. "Todos nos reconocemos. Somos una sola familia, diría yo."

Ese tejido humano tomó forma de celebración el 16 y 17 de mayo de 2026, cuando la Feria Saberes, Sabores y Sonidos llegó por segunda vez al parque principal para mostrarle al país lo que hace inigualable a Alejandría. Emprendedores locales, mujeres productoras, artistas y músicos convirtieron el corazón del municipio en un escenario donde cada sabor tenía apellido, cada color tenía historia y cada sonido venía del territorio. 

Los colores del territorio, tallados en madera 

En Alejandría, el arte no cuelga en las galerías, vive en las paredes, en las puertas, en los techos. La artista local Alejandra Ríos lleva años convirtiendo la madera en un inventario sensorial del municipio. Sus obras registran el verde del municipio en todas las plantas y bosques, los colores de las flores que se aprecian en todas las fincas, las aves endémicas y figuras indígenas y ancestrales que evocan la riqueza e historia del territorio, todas ellas aparecen talladas en techos y entradas, recordando que este lugar tiene memoria larga. "Alejandría se está transformando, nuestro territorio está lleno de bienestar, de arte, de cultura", dice Alejandra y ella lo talla para que no se olvide. 

Esa vocación por el color y la identidad no es solo individual. Gracias al apoyo del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, a través de Fontur, Alejandría ha visto nacer en sus calles una serie de intervenciones de diferentes artistas que han llenado el municipio de color: murales que cuentan el territorio desde múltiples voces y que convierten cada esquina en una razón para detenerse. 

Los sabores que no se consiguen en otro lado

Preguntar por la gastronomía de Alejandría es preguntar por su identidad. En casi ninguna vivienda del municipio falta alguna preparación dulce y artesanal. Los churros azucarados y crujientes son uno de los emblemas que los visitantes aprenden a buscar apenas llegan. Y en las mañanas, las arepas recién hechas acompañan un tinto preparado en molino de mano, imagen que Nubia reproduce en su propia casa hotel como seña de identidad. 

Ese tinto tiene historia propia. Alejandría es tierra de café de un perfil suave, acidez media y notas de caramelo y chocolate. La meta de sus caficultores no es modesta: llevar el grano alejandrino a los mercados de exportación. La panela, por su parte, es otro renglón profundamente arraigado en la economía rural del municipio, presente en cada cocina como endulzante, como alimento y como memoria. 

Pero el plato que convoca y reúne es el sancocho. De olla grande, hecho a leña, el sancocho de Alejandría es también un acto comunitario. En la feria, las pailas humeantes frente a la iglesia no eran decorado: eran el corazón del evento.