LA CIUDAD QUE APRENDIÓ
A FLORECER
Del Desfile de Silleteros a las fondas del centro, la capital antioqueña vive su vocación turística en dos velocidades: la fiesta de agosto y la tradición de todos los días. En esta ciudad encontrarás frijoles cocinados durante horas, carrieles cosidos a mano, vueltas antioqueñas que todavía dan cuentan del cortejo. Los sabores y sonidos de la identidad paisa, que reúne además oficios de generaciones de los habitantes de corregimientos y municipios aledaños.
Son las cinco de la mañana en Santa Elena y un silletero termina de amarrar la última flor a su silleta, la misma técnica que sus abuelos usaban para cargar mercancía por las montañas y que hoy carga arte. Horas después, esa silleta bajará al Valle de Aburrá y se cruzará con el bullicio del Metro, los grafitis de la Comuna 13 o el olor a chicharrón de algún restaurante en la ciudad.
Medellín es la capital del departamento de Antioquia, fundada en 1616 bajo el nombre de Villa de Nuestra Señora de La Candelaria de Medellín, hoy es la segunda ciudad más poblada del país y una de las urbes más innovadoras de América Latina, sin nunca haber soltado sus raíces campesinas.
El turismo del municipio es cultural y urbano durante todo el año, y muy festivo en agosto. Los visitantes llegan atraídos por su clima primaveral, su infraestructura de transporte integrado entre el metro, los metrocables y las escaleras eléctricas de la Comuna 13 y una oferta que combina naturaleza, arte urbano, gastronomía y memoria histórica. La Medellín transformada de los últimos veinte años convive con la Medellín de fondas, arrieros y tradición campesina que sigue viva en cada esquina.
Esa doble identidad se condensa cada año en la Feria de las Flores, que en 2026 llega a su edición 69 bajo el lema "Medellín te quiere y florece para ti", del 31 de julio al 9 de agosto. Nacida en 1957 por iniciativa de Arturo Uribe Arango, entonces integrante de la Junta de Fomento de Turismo de la ciudad, la feria rinde homenaje a los campesinos de Santa Elena que durante generaciones cargaron personas y mercancías por los caminos empinados de los Andes sobre estructuras de madera llamadas silletas. Hoy esas mismas silletas cargan obras de arte hechas con flores.
Sabores que cuentan la historia de los arrieros
La cocina paisa nació del camino. Sus platos más representativos surgieron para alimentar a los arrieros y campesinos que debían recorrer largas jornadas por la montaña, y esa herencia todavía se siente en su generosidad. La bandeja paisa es el emblema: frijoles rojos guisados con hogao, arroz blanco, chicharrón, carne molida, chorizo, huevo frito, aguacate, plátano maduro y arepa, todo servido junto porque la porción es tan abundante que necesita, literalmente, una bandeja. Pero reducir la gastronomía antioqueña a ese plato sería quedarse en la superficie.
El mondongo, preparado con callos de res, papa, zanahoria y yuca, es la sopa dominical por excelencia. Las arepas de chócolo rellenas de queso, los buñuelos, el mango biche con limón y sal, las solteritas y las obleas con arequipe completan un mapa de sabores que se puede recorrer en cualquier sitio de interés o calles paisas.
Artesanías que sostienen oficios de generaciones
A media hora de Medellín, en el corregimiento de Santa Elena, cerca de 500 familias mantienen viva la cultura con el cultivo de flores y la construcción de silletas que son pieza de arte reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación.
En Jericó y sus alrededores se conserva la guarnielería, el oficio detrás del carriel paisa, ese bolso de múltiples bolsillos ocultos que se volvió símbolo de identidad regional. En Marinilla, las familias llevan generaciones construyendo guitarras, tiples y bandolas.
En El Carmen de Viboral, la cerámica pintada a mano da vida a vajillas reconocibles en toda Colombia. En Santa Fe de Antioquia se trabaja la filigrana en oro y plata, y en la comunidad emberá-chamí de Cristianía se elaboran collares y accesorios en chaquiras que narran una tradición indígena propia. En Medellín, mercados como el de artesanías del Parque Bolívar permiten comprar directamente a los artesanos que sostienen estos oficios.
Danzas que todavía cuentan un cortejo
Antes de que la ciudad tuviera metro o altos edificios, sus fiestas se organizaban alrededor del baile de salón, principalmente en el hotel Nutibara. Las Vueltas Antioqueñas, la danza más representativa, nacieron en las zonas mineras del departamento, se trata de una coreografía de pareja vertiginosa, en la que la mujer gira con independencia mientras el hombre se mueve alrededor de ella mientras se simula un cortejo amoroso.
Junto a las vueltas conviven otras danzas menos conocidas fuera de Antioquia como el Guatín, originario del municipio de Urrao, una de las pocas danzas colombianas que interpretaban tradicionalmente dos hombres, con figuras coreográficas llamadas "Los Ochos". Ritmos como el bambuco y el pasillo, que llegaron al país a mediados del siglo XIX, se interpretaban en conjunto de piano, violines y flautas en aquellas fiestas de salón.