Los embarcaderos que dan nueva vida a los ríos colombianos

A orillas del río, donde durante años el barro marcó los ritmos del día a día, hoy comienzan a construirse nuevas historias. No son relatos banales ni discursos lejanos, sino cambios concretos que se sienten en la rutina de quienes viven del agua, del paso de las lanchas, del ir y venir de personas, productos y sueños.

En 2025, Colombia dio un paso importante en ese camino: entregó 12 embarcaderos fluviales,

de los 88 que se instalarán en 80 municipios de 26 departamentos y cuya inversión asciende a los $66.000 millones. Una cifra que impresiona, pero que cobra verdadero sentido cuando se traduce en beneficios concretos para las comunidades ribereñas: acceso, seguridad, dignidad y oportunidades.

En municipios como Flandes, Tolima, el impacto ya empieza a sentirse. Para Jenny Cuervo, habitante y líder comunitaria, el nuevo embarcadero representa una posibilidad largamente esperada que hoy, por fin, se materializa.

“Esta es una obra importante, la necesitábamos para atraer más turismo, fortalecer la economía del municipio e impulsar más actividades de relevancia en Flandes”, cuenta. Su voz resume el sentir de muchos comerciantes, prestadores de servicios y familias que saben que el río, además de paisaje, es una fuente de ingresos y una vía para el desarrollo.

Y es que estos embarcaderos se pensaron para fortalecer el turismo, y su alcance va mucho más allá: son puntos de conexión para pescadores, transportadores fluviales, comerciantes y comunidades que históricamente han dependido del río para subsistir, pero que durante años enfrentaron condiciones precarias para embarcar, desembarcar o movilizarse.

En Puerto Triunfo, Antioquia, Juan Eloy Vergues, habitante del municipio, lo explica desde su experiencia cotidiana:

“Para mí es muy importante este apoyo que nos han brindado Fontur y la Alcaldía al tener este muelle, porque es fundamental para los que dependemos del turismo, para los pescaderos, para la gente ribereña y para los que vivimos del río”, relata.

Antes, el abordaje o el descenso de pasajeros era una tarea riesgosa. “El río subía y bajaba y nos dejaba solo lodo. Tocaba poner tablas y era muy complicado”, recuerda Vergues. Sin embargo, hoy ese esfuerzo se transforma en seguridad, orden y mejores condiciones para trabajar gracias al embarcadero.

Historias como estas se repiten a lo largo del país. Cada embarcadero entregado se convierte en un punto de encuentro entre la economía local, la movilidad, el comercio y la vida comunitaria. Estas infraestructuras están permitiendo que los ríos sigan siendo ejes de integración regional y que las actividades productivas se desarrollen con mayor estabilidad.

Durante 2025, las entregas realizadas marcaron el inicio de una transformación progresiva que continuará en 2026. La meta no es solo completar una cifra, sino consolidar una red de infraestructura fluvial que responda a las realidades de cada territorio y que fortalezca el desarrollo desde lo local.

Más allá de los números, los cronogramas y la planificación, lo que verdaderamente representa a estas obras son las vidas que cambian. Los pescadores que ya no temen resbalar en el lodo, los emprendedores que pueden recibir visitantes con mayor seguridad,las comunidades que recuperan su relación con el río como espacio de encuentro y los viajeros que exploran nuevos territorios gracias a la conectividad fluvial.

Porque estos embarcaderos conectan orillas, pero también acercan historias, economías y futuros posibles. Son la prueba de que cuando la infraestructura se piensa desde las personas, el impacto va mucho más allá del concreto: se convierte en bienestar, en oportunidades y en una nueva forma de habitar el País de la Belleza.