COLOMBIA:
el país donde la biodiversidad habita en cada rincón
En las regiones colombianas, allí donde la selva besa el río, la montaña se encuentra con el bosque, el desierto calma su sed con el mar o donde la llanura se entrega al horizonte infinito, en esos parajes naturales suceden verdaderos espectáculos: en sus cielos azules las aves vuelan raudas, con toda la majestuosidad de sus plumajes y penachos. Ya sean migratorias, que escapan de los fríos inviernos, o endémicas, que solo se pueden encontrar aquí, estas criaturas emplumadas le han dado a Colombia el título del país con mayor número de aves en el mundo.
Con cerca de 2.000, los paisajes colombianos atraen a avistadores de todo el mundo para quienes la aventura de observar a una especie en particular se transforma en una vocación de vida. No es una exageración afirmar esto, ya que eventos como el Global Big Day permiten que miles de personas, tanto nacionales como extranjeras, recorran las regiones colombianas en una competencia global que se lleva a cabo, de manera simultánea, en distintas naciones. Una competencia en la que Colombia es la potencial mundial, con nuevo victorias totales, siendo la última en 2025 cuando se registraron 1.563 registros totales, por encima de los 1.404 de Perú y de los 1.245 de Brasil.
Sin embargo, la biodiversidad no significa nada por sí misma. Sí, Colombia es uno de los países más megadiversos del mundo; sí, es considerada una nación crucial para la preservación de la flora y la fauna global; sí, es la que tiene la mayor cantidad de especies de aves y de orquídeas, la segunda en lo que respecta a plantas, anfibios, mariposas y peces de agua dulce y la cuarta en cuanto a mamíferos; sí, en las regiones y territorios hay una diversidad de ecosistemas, entre los que destacan, por ejemplo, los páramos: nuestro país es el hogar de más de la mitad de los que existen en el mundo.
Sí, todo lo anterior es cierto y muchas cosas más. Pero, la verdad también es que sin esfuerzos gubernamentales, sociales, comunitarios y culturales, todas estas riquezas no serían más que paisajes hermosos, cifras curiosas y notas de color local. Por eso, el trabajo mancomunado entre las instituciones estatales, los guías de turismo, los prestadores de servicios, los líderes y liderezas, los firmantes del Acuerdo de Paz, las comunidades indígenas, campesinas y afros, los emprendimientos que provienen de la ruralidad y los viajeros responsables es algo fundamental. Porque solo se puede disfrutar aquello que se protege, se cuida y se preserva para el disfrute de las generaciones actuales y de las que han de venir.
En este sentido, el papel de los Parques Nacionales Naturales de Colombia ha sido fundamental.
Fundados en 1959 con la creación del primer santuario de este tipo (el Parque Nacional Natural Cueva de Los Guácharos), hoy en día el país cuenta con 61 áreas naturales protegidas en todas las regiones, abarcando, en total, 23.208.921 hectáreas, equivalentes al 10,07 % de la superficie nacional (marina y terrestre).
En estos lugares, que tienen sus propias épocas de visita, sus propios ciclos vitales y sus propias reglas que los turistas deben respetar, los viajeros pueden maravillarse con ecosistemas que van desde las cumbres nevadas de El Cocuy, pasando por las exuberantes selvas de Acamayacu o por el misterioso encanto isleño de Gorgona. Aquí las personas pueden encontrar sitios en los que los días siguen los ciclos de las plantas, en los que las noches se iluminan con el fulgor de las estrellas y donde las serpientes, los murciélagos, los osos de anteojos, los venados, las ranas y los peces viven libres, a la vera de sus instintos.
Estos encantos, sin embargo, son comunes a toda Colombia, de norte a sur, de oriente a occidente. Son características que han moldeado la cultura (mitos como la Madre Monte, por ejemplo), las celebraciones (la Feria de las Flores) o que han inspirado canciones (como ‘De donde vengo yo’ de Chocquibtown). Y, por supuesto, que ha influenciado la cocina nacional.
Tal es el caso de la piangua, un fruto del agua que las cocineras tradicionales saben hallar entre las raíces de los manglares en el Pacífico colombiano. Un molusco cuya versatilidad se demuestra en sus preparaciones: la piangua puede consumirse en tamales, en tapados de mariscos, en caldos con plátano pintón, en encocados o en ceviches callejeros. Un plato que habla de cultura, de resistencia y de tradición, de saberes que se transmiten de generación en generación al calor de los fogones y bajo el abrigo manos sabias.
Un momento clave para la biodiversidad colombiana ocurrió en 2024, durante la Conferencia de las Partes sobre Biodiversidad de la ONU que se celebró en Cali. Este evento, más conocido como COP16, se celebró bajo el lema ‘Paz con la naturaleza’. Un encuentro en el que representantes de diferentes países, académicos, líderes ambientales y periodistas se reunieron para pensar las necesidades del mundo en materia ambiental, los retos venideros y las oportunidades en el horizonte. Y, en ese sentido, Colombia fue un anfitrión ideal que compartió su experiencia, estrategias y apuestas.
Un momento clave para la biodiversidad colombiana ocurrió en 2024, durante la Conferencia de las Partes sobre Biodiversidad de la ONU que se celebró en Cali. Este evento, más conocido como COP16, se celebró bajo el lema ‘Paz con la naturaleza’. Un encuentro en el que representantes de diferentes países, académicos, líderes ambientales y periodistas se reunieron para pensar las necesidades del mundo en materia ambiental, los retos venideros y las oportunidades en el horizonte. Y, en ese sentido, Colombia fue un anfitrión ideal que compartió su experiencia, estrategias y apuestas.
Porque en Colombia la biodiversidad no es una política más, un llamado burocrático o una manera de conseguir dinero fácil. Es, antes que nada, una forma de vivir y entender nuestra manera de habitar en el mundo, es la herencia que dejamos para las generaciones futuras y es una de las razones por las que este, el País de la Belleza, atrae a tantos turistas.